Las citas a los veintitantos

By Ángela Pinzón, enero 29, 2018

Resulta que hace unas pocas semanas me cambié de ciudad, eso significó que mi vida social, de un momento a otro, comenzó a consistir en que mi hermano se apiadara de mí y me invitara a sus rumbas. Lo cierto es que él y yo nunca hemos sido muy cercanos en ese aspecto, así que no puedo evitar sentirme extraña saliendo con él. Decidí que, a pesar de la profunda incomodidad social que padezco, debía hacer amigos. Un día, por azares de la vida que tal vez les aclare en otro post, conocí a un tipo que terminó invitándome a salir. 

Las citas no son iguales luego de que entras a mediados de tus veintes. Cuando eres más joven y recatado vas con la plena seguridad de que te tomaras unos tragos y que, si mucho, te darás un beso con el personaje. Sin embargo, todo es diferente cuando ya eres mayor y ambos tienen casas solas donde pueden llegar luego de las cervecitas y la conversación.

El año pasado, tras una ruptura amorosa intoxicante que llevaba dañándome la existencia un año y medio, entré en una etapa de citas donde terminaba teniendo eso a lo que los millenials le llamamos “meaningless sex”. La verdad es que la experiencia me dejó exhausta, estaba cansada del sinsabor mañanero cuando uno sólo quiere que el personaje se pierda del universo. Así que una de mis resoluciones para este año fue no volver a acostarme con alguien, a menos de que ese alguien me hiciera sentir cosas.

Lo cierto es que los tragos tienen la mala costumbre de hacerlo a uno sentir cosas, así que luego de doce cervezas las resoluciones comienzan a incomodar. Sobre todo cuando terminas en la casa del personaje porque éste prometió mostrarte una extensa biblioteca que “segurísimo te va encantar”.

No me lo comí señores, pero creo que fue más porque el tipo decidió respetar mi voluntad, no porque yo realmente tuviera una. Es decir, a pesar de los besos apasionados, no se llegó a nada. Yo me vine a mi casa y él se quedo en la suya. Ambos comiéndonos las uñas de las ganas.

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